Nuestra revolución es la del espíritu contra la materia.
De la armonía contra el número.
De la calidad contra la cantidad.
De los cuerpos sociales contra las colectividades puramente numéricas.
De la nación viva contra la patria sin alma.

De la armonía contra el número.
De la calidad contra la cantidad.
De los cuerpos sociales contra las colectividades puramente numéricas.
De la nación viva contra la patria sin alma.
¡YA ES HORA DE CAMBIAR…. ROMPAMOS LA BRECHA!
¡AHORA ES EL FUTURO!

Donde los hombres corren como locos sedientos por el camino del egoísmo y la vida materialista:
Falange se levanta contra la materia y el egoísmo.
Donde los hombres buscan sólo una Patria despensera y estomacal repleta de fécula, aunque no tenga belleza ni gallardía:
Falange busca una Patria de poetas y de soñadores ambiciosos de gloria difícil.
Donde los hombres buscan, mirando a un lado y a otro para esconderse.
Falange predica con ejemplo el sacrificio.
Donde los hombres buscan dinero; y el negocio se impone al deber, y el hermano vende al hermano, y se especula con el hambre del humilde y con las dificultades de la Patria.
Falange inculca el deber sobre el dinero y ser mejor sobre el estar mejor.
Donde por doquier, el espíritu se hace carne, y el sacrificio, gula y la hermandad avaricia.
Falange persigue con sacrificio y abnegación el ideal de la Patria Trascendente, sin descanso, con honestidad y generosidad y por sobre todo con lealtad fraterna e inquebrantable.
Hoy y siempre: Por la Patria
¡PRESENTES!


Monseñor Marcel Lefebvre
San Pablo, en su segunda carta a Timoteo, le anima a predicar la palabra de Dios: “Predica, le dice, a tiempo y a contratiempo; reprende, corrige, exhorta con toda longanimidad y doctrina, ya que habrá un tiempo en el que no soportarán más la santa doctrina, pero según sus propias ansias se agruparán alrededor de los doctores…. se apartarán de la verdad y volverán a los mitos”
Si después de que San Pablo pronunciara estas palabras, se puede decir que ya muchas veces a lo largo de la historia se han cumplido, nunca más que hoy los hombres han vuelto a los mitos. ¿Cuándo antes, como en nuestros días, se han propagado las doctrinas que pretenden cambiar todo aquello que el espíritu humano conocía de las realidades divinas y humanas, todo aquello que es la base de su vida humana y social, haciendo tabla rasa de la familia, el Estado, y de la religión en particular?
Adivinaréis, mis queridos hermanos, que se trata del monstruoso error, condenado ya varias veces por los Soberanos Pontífices: El Comunismo ateo y materialista. Pío IX, en 1846 manifestó una solemne condena contra “esta nefasta doctrina” – estas son sus palabras – que se llama comunismo, radicalmente contrario al derecho natural en sí mismo; semejante doctrina, una vez admitida, será la ruina completa de todos los derechos, instituciones, propiedades y de la sociedad humana en sí misma.
León XIII la definía: “Una peste mortal que ataca la médula de la sociedad humana, que la aniquilará”.
Pío IX la define: “Un sistema repleto de errores y de sofismas, doctrina subversiva del orden social ya que destruye los fundamentos mismos, sistema que niega el verdadero origen, la naturaleza y el fin del Estado, así como los derechos de la persona humana, su dignidad y su libertad.”
Queridos hermanos, hemos pensado que no era inútil, si no más bien oportuno llamar vuestra atención y la de todos aquellos que nos escuchan en este Vicariato y fuera de él, sobre esta plaga que actúa no solamente allí donde reina como señor, sino también en todos los países del mundo y en esas regiones africanas, llevando el problema allí donde reina la paz, aprovechando todo aquello que puede dividir a los hombres entre ellos, para activar y atizar los odios y la lucha.
Pensamos que muchos de los que simpatizan con esta doctrina, que dan su nombre a ciertas organizaciones en las que se inspira, lo hacen por ignorar toda la perversidad que este error lleva en su seno, simpatía con todo lo que es nuevo y se dejan convencer por las falaces promesas de esta serpiente que es la misma que sedujo a nuestros primeros padres, pues el comunismo les promete un paraíso soviético.
En pocas palabras querríamos describir este error, desvelar la táctica de estos falsos profetas, con el fin de incitar a los fieles a fortificarse; a los indecisos y los indiferentes a buscar la verdad; a aquellos que inconscientemente prestan su ayuda a esta abominable plaga, a reintegrarse y a apartar de él para siempre su espíritu y su corazón.
El comunismo se presenta como un nuevo evangelio diametralmente opuesto al de Nuestro Señor. Según las doctrinas de sus autores, hace falta hacerse del mundo una concepción puramente materialista y el pensamiento humano saldrá él mismo de la materia. “La historia, dice Marx, es el desarrollo de la materia en el tiempo. La materia está en constante movimiento, bajo las influencias de las fuerzas internas que se oponen, que luchan. El desarrollo de esta materia está en la lucha de los contrarios que, como en una transformación química, terminan por hacer lugar a un nuevo elemento más perfecto”; así nace el pensamiento. “Esta tiene de particular que puede acelerar la lucha y la oposición de los contrarios y provocar una nueva etapa hacia un estado más perfecto”; así nace el pensamiento.
Ese estado más perfecto sería ese paraíso soviético en el que no habría más propiedad, ni familia, ni sociedad, sino un mundo donde cada uno trabajaría para sí mismo y para todos y donde todos tendrían parte de los bienes universales, donde no habría ni patria, ni sociedad tanto privada como pública. Hay que activar la lucha contra todo aquello que se opone a esta liberación total del hombre, de todas las contingencias, de todas las servidumbres. Hace falta aniquilar aquello que dentro del espíritu del hombre moderno no está conforme con este último umbral que debe franquear la humanidad; hace falta formar un hombre nuevo que prepare al comunista perfecto: religión, propiedad, familia, estado…. y otros tantos obstáculos en el pensamiento humano que hay que suprimirlos radicalmente.
“La sociedad socialista edificada en la Unión Soviética – dice Politzer, uno de sus doctrinarios – está destinada también a desaparecer. Se está transformando a marchas forzadas.
“Las clases subsisten – dice Lenin – y subsistirán por todos sitios durante los años siguientes a la conquista del poder por el proletariado. Aniquilar las clases no consiste solamente en echar a los hacendados y capitalistas, esto ha sido relativamente fácil, sino también aniquilar a los pequeños productores”.
La religión, en particular, es el peor mal para el comunismo y especialmente la religión católica. A continuación algunas declaraciones recientes del Partido Comunista de Yugoslavia:
El 2 de marzo de 1952, el órgano oficial del Partido Comunista de Skopje escribe: “Nuestro partido jamás ha permanecido indiferente, en lo que se refiere a la ideología religiosa y de la Iglesia, pero hoy día se trata de organizar la lucha ideológica, sistemática y cotidiana, mediante la prensa, las organizaciones de masa, las instituciones culturales, para destruir todas las concepciones religiosas del universo, todos los perjuicios, todas las tradiciones religiosas”.
El status de la unión de los comunistas de Yugoslavia declara: “La pertenencia a la Unión de los Comunistas de Yugoslavia es incompatible con la profesión de la religión y con el cumplimiento de los ritos religiosos”.
El 30 de abril de 1952, el mismo Mariscal Tito declara: “Sé que en el extranjero nos reprochan alejar a la juventud de Dios, de la Iglesia, pero no podemos permitir que estos hombres practiquen la superstición, puesto que todo esto es supersticioso. Debemos luchar contra la superstición”.
El 22 de febrero de 1952, Vjeinik de Zagreb informaba que numerosos estudiantes habían sido expulsados de las escuelas secundarias croatas por delitos religiosos, es decir, por haberse ausentado del colegio el día de Navidad. Treinta y dos estudiantes han sido expulsados de las escuelas normales de Maribor durante los primeros meses del 52 porque frecuentaban la iglesia.
Numerosos fieles han sido atacados por la prensa, despedidos de su empleo por los siguientes crímenes: haber contraído matrimonio religioso, haber bautizado a sus hijos, haberse ausentado del trabajo los días de fiesta.
Pero estas declaraciones y estos hechos no son suficientes para revelar la táctica verdaderamente satánica de los dirigentes del partido: la lucha de los elementos opuestos es una necesidad para acelerar el advenimiento de la liberación del hombre, por lo tanto hay que provocarla universalmente y por todos los medios.
“La táctica – dice Lenin – debe ser trazada con sangre fría, con un objetivo riguroso y teniendo en cuenta todas las fuerzas. Hay que aceptar sacrificios, usar todas las estratagemas y astucias. La más estricta adhesión a las ideas comunistas debe unirse al arte de aceptar los compromisos prácticos, los rodeos, los zigzagueos, las maniobras de conciliación y de retirada”.
Con el fin de formar al hombre nuevo, hay que reemplazar el contenido religioso original por un contenido marxista, hay que introducir en la conciencia del hombre un fermento de lucha, de disgregación, introducir la lucha en la familia, hacer a los niños acusar a sus padres y a la inversa, introducir la lucha de clases, proletariado contra propietarios, aunque sea a base de expulsar a los nuevos ocupantes por los anteriores para evitar que los primeros sean demasiado poderosos. Introducir la lucha en la religión, los fieles contra los sacerdotes, los sacerdotes contra los obispos.
Esto es lo que el comunismo se esfuerza en practicar en todos sitios donde reina. Los misioneros que vuelven de China, que han asistido a estas maniobras, a los procesos, debates públicos, a todo aquello que el régimen puede hacer para torturar los cerebros humanos, dicen que no se puede hacer uno una idea del cambio de las conciencias y de los espíritus a los que alcanza. Emplean todos los medios de propaganda y de publicidad para favorecer su doctrina hasta tal cadencia que los individuos que lo sufren, terminan por perder toda personalidad anulando todo pensamiento individual y llegan a ser números perfectamente alineados.
Si queremos evitar esta abominación, la peor que se haya conocido jamás en la historia, evitemos todo aquello que puede ayudar o favorecer el comunismo en nuestro medio.
El Papa Pío XI decía ya en 1.937: “Los promotores del comunismo no dejan de aprovechar los antagonismos de raza, las divisiones y las oposiciones que provienen de los diferentes sistemas políticos”. Añadía también a estas palabras que deberían meditar hoy todos aquellos que tienen responsabilidades políticas o sociales: “Para comprender cómo el comunismo ha conseguido hacerse aceptar por las masas obreras, hay que recordar que los trabajadores estaban ya preparados para esta propaganda por el abandono religioso y moral en el que cayeron por la economía liberal. El sistema de los equipos de trabajo no les dejaba tiempo para cumplir con los deberes religiosos más importantes de los días de fiesta. No nos hemos preocupado de construir Iglesias próximas al lugar del trabajo, ni de facilitar la tarea al sacerdote sino, por el contrario, hemos favorecido el laicismo y continuado su obra…. No es de extrañar que en un mundo ya muy descristianizado se propague el error comunista”.
Esto que nuestro Santo Padre, el Papa decía especialmente a los países de Europa, ¿no podemos aplicarlo hoy a nuestras ciudades africanas y en particular a Dakar? ¿Nos preocupamos de las masas obreras desde el punto de vista religioso y social? Construimos ciudades sin preocuparnos de la construcción de iglesias aun estando en países profundamente religiosos. Favorecemos el laicismo, precursor del comunismo. ¡Cuántas dificultades para dar enseñanza religiosa elemental a los niños de las escuelas primarias públicas! ¡Cuántas dificultades para construir colegios! Preferimos, sin embargo, preparar la vía al comunismo comenzando su obra: arrancar de los espíritus toda idea religiosa, como pide Tito. Cuánta responsabilidad para aquellos que dicen llevar a sus queridos países africanos la verdadera civilización y que les quitan el primer elemento de civilización: la religión.
Nosotros, queridos hermanos, debemos hacer todo aquello que esté a nuestro alcance para cortar el paso al comunismo, instruirnos sobre sus errores doctrinales meditando las enseñanzas de la Iglesia y especialmente la Encíclica Divini Redemptoris de Nuestro Santo Padre el Papa Pío XI.
En los grupos de Acción Católica, en los círculos de estudio, aprendamos a conocer esta plaga de la humanidad con el fin de estimar mejor su perversidad. Mediante la prensa y los folletos difundamos la refutación de estos errores, contrarios al buen sentido y a la doctrina revelada. Enseñemos todo lo que esta doctrina tiene de oposición a las enseñanzas del Evangelio, aunque en algunos aspectos se le parezca.
Que todos aquellos que tienen responsabilidades sociales y que buscan mejorar la situación de los trabajadores se concentren en hacer reinar una justicia más grande y una mayor caridad cristiana. No es propio de los gobiernos recordar todas las necesidades y todas las miserias de las poblaciones, sino mas bien favorecer y promover las iniciativas privadas, buscarlas y fomentarlas.
Que los sindicalistas, y con ellos todos aquellos que tienen el admirable deseo de favorecer la justicia social, no apuesten por las luchas inútiles, sino por medios dignos de gentes honestas y conscientes de sus derechos y sus deberes, que eviten alinear su actitud a aquellas de los comunistas que no tienen otra meta que la confusión y la revolución. Que busquen para todos los trabajadores, no una liberación de toda autoridad, ya que “todo poder que viene de lo Alto”, sino la liberación de la miseria, del hambre, del mañana incierto, con el fin de que el hombre, en medio de la alegría de un hogar feliz, pueda elevar su alma a Dios, liberar su espíritu de la ignorancia y del error y su corazón de las pasiones y de los vicios, que pueda alimentar a su familia, darle vivienda y la educación que eleva el corazón y el alma a Aquel que es el autor de todo bien.
Haga el Señor que por nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad poseamos la verdadera felicidad y la compartamos aquí abajo con nuestro prójimo. Jesús no prometió el paraíso a los hombres futuros, mediante los años de infierno para los que les preceden, sino con su gracia y su presencia en las almas justas y rectas, les da a probar las alegrías del paraíso en medio de los sufrimientos de esta vida, porque como dice San Juan en el Apocalipsis: “No vi templos en la ciudad, porque su templo, es el Señor Dios Todopoderoso”.

Vivimos, por el querer de Dios, los acontecimientos gigantescos que van formando esta nueva Edad histórica. La Revolución francesa había cerrado la Edad media, cancelado los siglos de crisis cultural de un mundo que se perdía en un piélago de abstracciones. La gran guerra cerraba a su vez el ciclo de la civilización capitalista de la historia, hecha a imagen y semejanza del más grosero materialismo. Hemos asistido nosotros a la trágica agonía de un sistema de vida que conducía al hombre fatalmente a disolverse dentro de la idea socialista.
Debía, como reacción, aparecer en nuestras latitudes mediterráneas, el signo de una nueva fisonomía histórica. El hombre anhelaba reintegrarse a la vida de las realidades religiosas, históricas y nacionales. Le faltaba a la vida el signo de la grandeza pasada y el ideal del devenir histórico. La nueva doctrina abría, en la Post-guerra, el capítulo de la nueva historia, periodo de equilibrio de lo real y de lo espiritual dentro del curso unitario de la vida. Doctrina que había de velar por los fueros de la primacía espiritual y que proclama a Dios Señor del mundo, Omnipotente en el pensamiento de todos los hombres y voz de la conciencia humana. En esta noción de la conciencia, se asentaba la pura teoría de la Nación, la que revela a los pueblos la vía del Señor y la que señala a las Naciones el camino de su Destino.
El mundo cansado de experimentaciones materialistas y de ensayos mayoritarios, había recibido la nueva doctrina como una fresca rociada, en la primavera de una nueva Edad. Atractivo mensaje que tenía toda la misteriosa fascinación de la cultura itálica, pronta a renovarse siempre, sin violencias, y a perpetuarse sin obstinaciones. Recibida por las fuerzas tórridas de una civilización materialista, con evidente desdén cuando no con agresividad, era precisamente esta objetividad combatida, la que daba a la doctrina del Fascismo, por su contenido espiritual y galvanizo, la categoría de mensaje histórico revolucionario. En ella se contenían las verdades fundamentales para la vida del hombre y de los pueblos, cuando unos y otros, en acto de conciencia, se encaran con el interrogante del Destino. Toda construcción Mussoliniana descansa en estas nociones viejas de la Verdad y del Bien, tan viejas como la misma humanidad y que forman el equilibrio anímico de la vida. De ahí su fuerza.
Esta doctrina queda expuesta en una forma nueva en los anales académicos, la oratoria original mussoliniana. Es esta oratoria bruñida y tajante como el mejor acero y suena metálica como vibración sonora del bronce de Corinto. Sobria, sin efectismos declamatorios, ni ampulosos rebuscamientos, la esmaltan con frecuencia frases lapidarias que pasaran a las antologías. Tan pronto desciende al corazón ingenuo de las masas traduciendo los vagos anhelos de una grandeza en el devenir glorioso de la estirpe, como se eleva con imágenes y nombres hecho de ciencia o de poesía, a las cumbres del pensamiento dominadoras del panorama realista de la vida. En su oratoria robusta se halla encerrado el secreto de su atlética voluntad persuasiva, que se mantiene vibrante y tersa después de 15 años de experimentación constante y que desmiente a los augures histéricos que profetizaban el tramonto de la doctrina mussoliniana, calificándola de ensayo pueril y pasajero. La fuerza de síntesis histórica que llevaba en su seno la Italia del Resurgimiento y que ha cristalizado en una doctrina, en el pensamiento y en la voluntad de un hombre, es quizás la clave de su fuerza difusiva. Esta fuerza ética y en vibración constante de procedimientos, ha traspasado las fronteras del país que la vio nacer y va conquistando los corazones de los hombres no contagiados por el morbo materialista de la civilización de la ante guerra. En estas doctrinas la juventud aprende el culto al Espíritu y el culto al Héroe. Renacen ambos entre laureles y mirtos, precisamente en nuestras latitudes mediterráneas, que han dado al mundo una civilización y un titulo de nobleza al pensamiento de Europa.
Leyéndolas y meditándolas, la juventud modelara para su Patria, el germen de la grandeza que le ha señalado Dios en el camino de los pueblos.

Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren por el Perú y consérvanos, siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muere por la Patria y que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mayores armas.
Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio sino por amor y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo y tú sabes Señor que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera.
Ante los cadáveres de nuestros hermanos a quienes la muerte ha cerrado los ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta Señor de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa ingencia, delitos contra los delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente.
Tú no nos elegiste Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y con valentía la suprema defensa de una patria. Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo porque acabaremos por destruir no sólo su potencia sino su odio.
A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde cada acción nuestra sea de afirmación de un valor y de una moral superior.
Aparta, así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha sólido hacer en nombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora.
Tú sólo sabes con palabras de profecía para qué deben estar ‘aguzadas las flechas y tendidos los arcos’ (Isa. v.28). Danos ante los hermanos muertos por la Patria perseverancia en este amor, perseverancia en este valor, perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras. Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de este Perú, en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre y entre los hombres y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa peruana del canto universal de tu gloria.

SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA
Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.
Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abomidad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepultada la Atlántida,
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.
Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espítiru ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco prístino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.
Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura,
y en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!
Ruben Darío

Ángel María Pascua
A ti, fiel camarada, que padeces
El cerco del olvido atormentado.
A ti, que gimes, sin oír al lado
Aquella voz segura que otras veces.
Te envío mi dolor. Si desfalleces
Del acoso de todos y, cansado,
Ves tu afán como un verso malogrado,
Bebamos juntos en las mismas heces.
En tu propio solar quedaste fuera.
Del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.
El cielo es limpio y en sus bordes liba
Claros vinos del alba, Primavera.
Pon arriba tus ojos. Siempre arriba.